Una llave que todavía no abre nada
Dos libros del catálogo de Ocho Libros sobre Palestina, la memoria que se niega a callar y una pregunta que no me deja dormir.
Gonzalo Sepulveda
Hay objetos que no deberían existir fuera de los museos y sin embargo siguen siendo de lo más cotidiano en algunas familias. Una llave de hierro. Pesada, oxidada, anacrónica. La llave de una casa en Haifa, en Yaffa, en Lydda. Una casa que ya no existe o que hoy tiene otros dueños y otro nombre. Los nietos la guardan igual, porque la llave no es un objeto: es una promesa que nadie ha honrado todavía. Eso entendí leyendo estos dos libros casi al mismo tiempo, y eso es exactamente lo que no me puedo sacar de la cabeza.
“Los viejos morirían y los jóvenes olvidarían." Ese era el plan. Setenta y ocho años después, el plan fracasó.
El primero es Palestina: Memorias de 1948. Fotografías de Jerusalén. No es un ensayo ni un análisis: son veinte voces. Hombres y mujeres que cuentan cómo perdieron todo en semanas durante la Nakba —la "Catástrofe"— de 1948: la tierra, la casa, las cuentas bancarias, la posibilidad de volver. Y cuando uno lee esos testimonios en 2026, con las noticias encendidas, la sensación es extraña y brutal a la vez: esto no terminó. La Nakba no es historia pasada. Es un proceso que sigue activo, con nuevos instrumentos y nueva terminología, pero con el mismo resultado.
Ahí es donde entra el segundo libro como complemento necesario, casi urgente: Palestina y la indiferencia de los Estados, de Jaime Abedrapo. Si las memorias muestran el hueso, él disecciona el sistema que lo fractura. Y lo hace con una frase que cuesta digerir: el caso palestino es una "excepcionalidad jurídica" que le ha demostrado al mundo que el derecho internacional es, en buena medida, un acuerdo que rige solo para algunos. Los procesos de paz, empezando por Oslo, funcionaron en la práctica como estrategia para ganar tiempo y consolidar lo que llaman "hechos consumados": más asentamientos, más muros, menos tierra.
El concepto que más me marco: El sumúd, o la terquedad como forma de sobrevivir.
Hay una palabra en árabe que ninguno de estos libros deja pasar: sumúd. Se traduce, más o menos, como perseverancia o resistencia, pero esa traducción se queda corta. El sumúd es más visceral. Es la decisión, consciente o heredada, de no desaparecer. El campesino que vuelve a plantar olivos después de que los colonos se los talen. La familia que enseña a sus hijos el nombre del pueblo del que fueron expulsados, aunque ese pueblo ya no esté en ningún mapa. El profesional en la diáspora que alcanza la excelencia académica como acto político. No es heroísmo de película: es la cotidianidad de resistir la borradura. Entender el sumúd permite entender por qué, después de setenta y ocho años, la sociedad palestina se niega a asimilarse o desaparecer.
El mito democrático y las sesenta leyes que lo desmienten
Abedrapo documenta más de sesenta leyes que establecen privilegios estructurales para los ciudadanos judíos frente a la población palestina y árabe, en ámbitos que van desde la propiedad de la tierra hasta la participación política. Lo llama "teocracia electoral", y aunque la expresión es dura, la argumentación que la sostiene es difícil de rebatir. Esto importa para entender las noticias de hoy: cada vez que se habla de "tensiones" o de "conflicto entre dos partes", se está eludiendo una asimetría fundamental. Las fotografías de Jerusalén en el primer libro lo dicen sin palabras: una ciudad espléndida y cargada de historia milenaria a la que la mayoría de los propios palestinos no puede acceder.
Para cerrar, sin cerrar: Una pregunta sin respuesta fácil
Termino ambos libros con la sensación de que me han dado herramientas, no consuelo. Sé más sobre la Ley de Propiedad de los Ausentes de 1950, que sirvió para confiscar legalmente los bienes de quienes fueron expulsados e impedir su retorno. Sé más sobre por qué las generaciones que hoy protestan en las fronteras de Gaza son, en sentido estricto, la continuación directa de quienes perdieron todo en 1948. La llave de hierro sigue ahí. Pesada, oxidada, en manos de alguien que nació en otro continente, pero nunca dejó de saber de dónde viene.
Quizás eso, al final, es lo que estos dos libros hacen: negarse a que nosotros también olvidemos. Los dos están disponibles en Ocho Libros, y recomiendo leerlos juntos. Se necesitan el uno al otro.
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